El origen de Roma

Loba

Foto: La Loba capitolina

Por Fran Navarro.

Fran Navarro es el impulsor del blog Akrópolis, que muestra síntesis de los distintos períodos que componen la Historia Antigua con la doble vertiente de la difusión y el propio aprendizaje del autor. El Grupo Akrópolis lo completan Paula Gorostiza y Ricardo Diéguez.

Hablar del origen de Roma conlleva sumergirse en un mundo donde historia y leyenda van de la mano. Simplemente por la falta de datos históricos importantes, es difícil mostrarnos el camino correcto hacia el comienzo de una civilización en la que la tradición ha llevado en muchos casos a los historiadores antiguos a inventar sucesos con tal de engrandecer y poner en común a dioses y mortales.

En palabras del especialista en el tema, J. Martínez-Pinna: “los orígenes de Roma permanecen más en el lado de las tinieblas que en el de la luz”, por lo que no es tarea fácil dar forma al intento de síntesis que aquí queremos plantear. Podríamos describir todas las opciones y el lector decidir su preferida, pero el espacio es limitado y no es el formato adecuado para tal objetivo. Sólo se debe tener en cuenta que dos especialistas pueden llegar a resultados muy distintos partiendo de los mismos datos estudiados. Por ello, lo que hoy se cree por seguro, mañana puede demostrarse falso, y viceversa.

Los griegos y los latinos identificaban el origen de su civilización con la fundación de su ciudad. Se diferenciaban de esta manera de los bárbaros, quienes eran tomados como incapaces de recordar sus orígenes. Por tanto, nos interesa conocer el nacimiento de Roma. Para ello contamos con varias fuentes: la tradición literaria, una documentación arqueológica en continuo crecimiento, e importantes inscripciones de época arcaica. No es precisamente difícil encontrarse con investigadores modernos que oscilan entre la aceptación completa o el rechazo absoluto de la tradición literaria y su estudio a partir de las fuentes comentadas. Nosotros, acompañados siempre del beneficio de la duda, haremos caso a Aristóteles y buscaremos la virtud que guarda el punto medio.

Los orígenes de Roma según los antiguos, según la tradición, esa que se puede leer en Tito Livio y Dionisio de Halicarnaso, se dividen en dos partes: las tradiciones legendarias con numerosas variantes del pasado mítico del Lacio y de Roma, y la tradición histórica de los reyes de Roma, donde se reducen los márgenes de error para el historiador. Sobre la cuerda floja que separa ambas partes se encuentra Rómulo, personaje legendario que cierra el pasado mítico convirtiéndose en el primer rey e iniciador de la historia de Roma.

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Eneas en la corte del rey latino. Óleo de Ferdinand Bol, 1661-1663, Ámsterdam.

Es momento de situarse a finales del siglo VIII a.C. en el centro de la península de Italia, al margen oeste, donde el río Tíber trae sus aguas desde los Apeninos para desembocar en el mar Tirreno, surcando a través de las siete colinas que fraguarían la ciudad que habría de convertirse en la mayor potencia del mundo. Los habitantes de esta zona se dividían en aldeas de pastores y campesinos repartidos entre las elevaciones del terreno y los minúsculos valles que las separaban. En contraste con sus vecinos, estos aldeanos vivían al margen del desarrollo económico y cultural, al contrario que los etruscos, al norte, y los campanios y griegos, al sur. El punto de inflexión para la creación de Roma se puede atribuir a la llegada del héroe Eneas a las tierras italianas tras lograr sobrevivir a la Guerra de Troya. Eneas desposó a Lavinia, hija del rey Latino que gobernaba en el Lacio a quien se le consideraba descendiente del mismísimo Heracles. Éste le entregó además unos terrenos donde Eneas fundó la ciudad de Lavinium. Tras la muerte de Eneas, su hijo Cayo Ascanio fundó otra ciudad: Alba Longa, que pasó a ser capital del Lacio gobernado por sus descendientes.

Contar con orígenes griegos era sinónimo de nobleza en la antigüedad, por lo que los romanos aceptaron sin ninguna dificultad un vínculo entre Eneas y Rómulo. En un principio se tomaron como familiares directos: abuelo y nieto respectivamente, pero durante la segunda mitad del siglo III a.C. se fijó la caída de Troya en el año 1184 a.C., lo que creó un vacío entre Eneas y Rómulo. Es así como a lo largo del siglo II a.C. se creó la dinastía albana o silvia: según se tome como referente el nombre de la ciudad (Alba), o el de su fundador (Silvio). Nunca llegó a cuajar en una lista definitiva, prueba de su nula funcionalidad, excepto la de salvar la distancia de tiempo entre Troya y Roma, Eneas y Rómulo.

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Marte y Rea Silvia, obra de Peter Paul Rubens.

La susodicha dinastía continuó con Amulio (el último descendiente de Ascanio) destronando a su hermano Numitor. Para evitar precisamente ser destronado, Amulio obligó a su sobrina Rea Silvia (el último familiar que le quedaba) a convertirse en una virgen vestal, así evitaba la única posibilidad de tener descendientes debido a la pureza que mantenían las vestales. Sería en vano su intento, ya que el dios Marte dejó embarazada de gemelos a Rea Silvia. Rómulo y Remo serían los descendientes destinados a originar el mayor Imperio conocido. Se duda sobre si fue obra de Amulio con tal de acabar con la vida de los recién nacidos, o el instinto maternal de intentar desesperadamente salvar a sus hijos, la cuestión es que Rómulo y Remo acabaron en el río Tíber. Los gemelos encallaron a unos 25 kilómetros de una desembocadura que les llevaría seguramente a un mar de muerte. Pero sobrevivieron a su travesía, y nos cuenta la leyenda que fueron rescatados y amamantados por una loba. Eso sí, “loba” en Roma se pudo usar haciendo referencia a las mujeres que frecuentaban los burdeles. Lo cual nos lleva a pensar que la mítica loba podría tratarse de una prostituta llamada Acca Laurencia, casada con el pastor Fáustulo, quienes se encargaron de criar a Rómulo y Remo.

Éstos crecieron sanos y salvos y llegó el día en que conocieron su verdadero origen y la historia que dictó la suerte de los bebés arrojados al Tíber. Sendos hermanos volvieron a su ciudad natal y dieron muerte al que los creía muerto, Amulio, deponiendo en el trono al hermano de su verdadera madre y anteriormente gobernador, su abuelo Numitor. El nuevo rey en señal de agradecimiento entregó unas tierras a sus nietos con el nombre de Septimontium. Se trataba obviamente de la zona donde se criaron, bajo el contexto de siete colinas y este sería el lugar escogido para crear una nueva ciudad.

Pero no todo sería color de rosa y los hermanos mantuvieron una disputa por el lugar concreto donde fundar la ciudad. Remo era partidario del monte Aventino y Rómulo quería iniciar la civitas sobre el Palatino. Ambos se tumbaron en sus respectivas elevaciones a esperar una señal divina que dictara el monte que serviría de base romana. El 21 de abril del año 753 a.C. sería el señalado como el dies natalis urbis Romae. Remo miraba el despejado cielo primaveral sobre el Aventino cuando vio pasar seis buitres sobre su colina. Con actitud ganadora corrió hacia el Palatino para notificar la señal divina a su hermano, cuando en el justo instante que visitaba a su gemelo una banda de 12 pájaros sobrevolaba el cielo que caía sobre el Palatino. La cara de Remo embargada en la decepción bastó como mensaje de victoria para Rómulo que sin dudarlo comenzó a cavar el pomerium que fijaría los límites sagrados de la ciudad que se disponía a fundar, prometiendo dar muerte a quien osara traspasarlo. Remo cegado por su rabia y en señal de burla, cruzó el simple arado cavado por su hermano. Sería su última acción tras caer asesinado a manos de su propio hermano, argumentando que todos debían respetar las normas que impedían violar las cosas marcadas por la divinidad. Rómulo fundó así la ciudad en el lugar escogido por los dioses y la pobló con prófugos, refugiados y desarraigados de otras ciudades de procedencia latina.

La mayoría de investigadores no ponen en duda el carácter legendario de Rómulo, si bien recientes hallazgos arqueológicos han levantado ciertas ilusiones acerca de su historicidad. Lo que sí podemos analizar es la apariencia de un oikistésque toma Rómulo, es decir, la de un fundador griego, por lo que no sólo creó la ciudad físicamente, sino que también le proporcionó su primera constitución.

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El rapto de las sabinas (1799), de Jacques-Louis David.

Ahora bien, con esta población no prosperarían mucho debido a la exclusividad de varones entre los habitantes de la nueva civitas. La solución la encontraron a la manera que estaban acostumbrados: robando. Pusieron los ojos en las hijas de los sabinos, que habitaban la vecina colina del Quirinal. Para hacerse con ellas, los latinos organizaron una gran fiesta con carreras de carros y enormes banquetes. Aprovechando los efectos del vino que pesaban en los sabinos, comenzó una escena tantas veces representada a lo largo de la historia del arte: el rapto de las sabinas. Este engaño desencadenó una guerra, solventada por la intervención de las mujeres sabinas y con el acuerdo de una “doble monarquía” entre latinos y sabinos. Gracias al control de un vado natural entre Etruria y la llanura latina, consiguieron salir beneficiados por el interés comercial de los etruscos en la región del Lacio, hasta que más tarde incluso se unirían con sabinos y latinos para mayor crecimiento y expansión de la ciudad romana.

Así fue como dio comienzo la tradición histórica de Roma, de la que todas nuestras fuentes son unánimes al reconocer una lista de reyes compuesta por siete miembros que se suceden siempre en el mismo orden: Rómulo, Numa Pompilio, Tulo Hostilio, Anco Marcio, Lucio Tarquinio Prisco, Servio Tulio y Lucio Tarquinio el Soberbio, cuyos relatos y gestas son bastante uniformes en toda la tradición.

Esta es la leyenda que los romanos contaban sobre sus orígenes, donde disfrutaban de una promesa: su ciudad sería perfecta y jamás tendrá fin. Pero también temían una amenaza: la sombra del fratricidio sobre la que estaba fundada planearía como una maldición sobre su legendaria ciudad: Roma.

Bibliografía:

  • A. Carandini: La fundación de Roma. Ed. Bellaterra, 2014.
  • J. Martínez-Pinna: Los orígenes de Roma. Ed. Síntesis, 1999.
  • J. Martínez-Pinna: Las leyendas de la fundación de Roma. De Eneas a Rómulo. Universitat de Barcelona, 2011.
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