“Pan y circo”: el espectáculo en la Antigua Roma

Por Mario Mario Agudo Villanueva, autor del blog Mediterráneo Antiguo.

“El pueblo, del que en otro tiempo dependían el gobierno, la justicia, las fuerzas armadas, todo, ahora se desentiende y sólo desea con ansia dos cosas: pan y circo”. Estas son las palabras con las que el poeta satírico Décimo Junio Juvenal, que vivió entre los siglos I y II de nuestra era, se refería a la afición del pueblo romano por el espectáculo.

Y es que, como decía el emperador Marco Aurelio, “los hombres, hagan lo que hagan, siempre serán los mismos”. A los romanos les iba la fiesta tanto como a nosotros, a juzgar por las largas colas que desde la madrugada se organizaban en torno al Circo Máximo para encontrar una localidad privilegiada para ver las carreras. Cuentan las fuentes que Calígula, harto del ruido que le mantenía insomne, ordenó una carga de la guardia imperial para disolver el gentío, lo que se tradujo en importantes disturbios por los alrededores del estadio que se saldaron con veinte muertos.

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Interior del Coliseo de Roma. Foto: Mario Agudo Villanueva

En esta misma línea, un grafito del anfiteatro de Pompeya datado en el siglo I d.C. representa un hecho relatado por el historiador Tácito, que da cuenta de un enfrentamiento entre pompeyanos y nucerinos con motivo de unos juegos organizados por Livineyo Régulo en el año 59 d.C. Como consecuencia de ello, se envió al exilio al organizador y se castigó a la ciudad sin espectáculos durante diez años, aunque poco después Nerón levantó la sanción.

El origen

Pero dejemos las noticias escabrosas a un lado y ahondemos un poco más en el significado de estos espectáculos que, como todo parece indicar, tuvieron un origen más vinculado al rito que a la diversión. En la Ilíada se nos cuenta cómo Aquiles organiza carreras y combates en honor del fallecido Patroclo, unos juegos fúnebres que parecían una costumbre en tiempos heroicos.

En los Juegos Panhelénicos ya había competiciones de carros, como atestigua la magnífica estatua de bronce del Auriga de Delfos, una obra culminante del arte clásico, erigida hacia el año 474 a.C. para conmemorar la victoria del tirano Polyzalos de Gela en la carrera de cuadrigas de los Juegos Píticos. En época más moderna, en la corte macedonia de los teménidas, seguían oficiándose combates fúnebres, al menos hasta bien entrado el siglo IV a.C. Vemos pues, una costumbre muy arraigada en la mentalidad colectiva mediterránea.

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Relieve que representa a dos gladiadores (MNAR). Foto: Mario Agudo Villanueva

Volvamos a Roma. Nicolás de Damasco nos cuenta que en el año 264 a.C. se celebró un funeral en honor de Junio Bruto Pera, cuya última voluntad había sido que sus dos hijos organizaran tres combates simultáneos en la feria de ganado local. Cien años más tarde, la celebración de este tipo de juegos fúnebres en los que se enfrentaban varios esclavos propiedad de los organizadores se había convertido en una costumbre. Alcanzaron tanta popularidad que en el año 174 a.C., Tito Quinto Flaminio organizó un munus (servicio fúnebre en honor del finado) en Roma que consistió en enfrentar a 74 hombres en una serie de combates singulares que se prolongó durante tres días.

Los munera solían celebrarse en diciembre, coincidiendo con las saturnales (Saturnalia), fiestas en honor de Saturno, un dios al que se relacionaba con los sacrificios humanos. Además de los combates, se incluían las famosas venatio, batidas de caza en las que se abatían bestias traídas de todo el mundo, para demostrar cómo Roma era capaz de subyugar a otros pueblos. Estos ritos fueron extendiéndose entre la población, hasta tal punto que las elites políticas y económicas se dieron cuenta de que la organización de los munera era una forma de extender su fama más allá de la muerte. Un número creciente de patricios empezaron a incluir la celebración de estos juegos en su testamento. Los niveles de exigencia fueron creciendo, ya no bastaban unos cuantos luchadores y el armamento fue evolucionando hasta convertirse en el espectáculo en el que acabó derivando.

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Carrera de caballos. Foto: Mario Agudo Villanueva

Respecto a las carreras de bigas o cuadrigas (de carros tirados por dos o cuatro caballos, respectivamente, las más comunes), en Roma se consagraban inicialmente al dios Consus, una deidad infernal agraria. De hecho las carreras se integraban inicialmente en el programa de las Cerealia o Ludi Cereales, celebrados en abril en honor de la diosa plebeya de la cosecha. El espectáculo estaba presidido de un desfile llamado pompa, que llegaba al Circo Máximo desde el Capitolio pasando por el foro.

Una carrera por el éxito

Donde sí hay importantes diferencias entre el mundo griego y romano es en el significado de estos certámenes. Mientras en Grecia hay un sentido de purificación asociado al triunfo noble en la práctica deportiva, en Roma primaban los conceptos de ludi y de gloria. Es decir, un significado sagrado frente a un significado mundano, gloria eterna frente a gloria terrena.

El combate entre gladiadores no dejaba indiferente a nadie. Los mismos intelectuales de la época, como Séneca, Cicerón o Plinio el Joven, veían aspectos negativos y positivos al mismo tiempo. Mientras Cicerón les consideraba “hombres arruinados y bárbaros”, opinaba también que, “cuando se trata de criminales condenados los que luchan con la espada… ninguna lección podía ser más efectiva contra el dolor y la muerte”. Por su parte, Séneca se horroriza ante la muerte del hombre para “el juego y diversión”, pero también ve en los gladiadores un ejemplo de cómo afrontar la muerte con valor.

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Anfiteatro de El Djem (Túnez). Foto: Mario Agudo Villanueva

Entre los ciudadanos, el éxito era tremendo, especialmente entre las mujeres, aunque el término gladiador se utilizaba como insulto, especialmente desde las rebeliones de Espartaco. Así lo atestigua una rúbrica de un gladiador encontrada en Pompeya “Celado Octaviano, tracio, tres victorias, tres coronas: suspiro de todas las mujeres”. El mencionado Juvenal cuenta el caso de Epia, esposa de un senador, que abandonó a su marido por un luchador llamado Sergio, ajeno a cualquier atractivo físico, pero triunfador en la arena. No faltaban tampoco los romances sonados entre actrices y gladiadores, como es el caso del fragmento de cerámica, usado quizá como amuleto, que se encontró con el siguiente mensaje: “Verecunda, la actriz, ama a Lucio, el gladiador”. La hipocresía de la sociedad romana, que criticaba a los gladiadores, pero luego les alentaba y asistía en masa a los juegos, fue criticada por los autores cristianos Tertuliano o San Gerónimo. Se dice que emperadores como Calígula mantuvieron una importante amistad con algunos aurigas.

Una señal del éxito de estos juegos no es otra que el progresivo perfeccionamiento del espacio en el que se celebraban, que pasó de ser una construcción tosca en la que se aprovechaba el relieve del suelo completándose con cascotes que hacían de gradas a convertirse en los grandes anfiteatros que aún hoy se conservan en Roma (Coliseo – 50.000 espectadores), Túnez (el Djem – 30.000 espectadores), Leptis Magna (Libia – 16.000 espectadores), Pula (Istria, Croacia – 20.000 espectadores), Emérita Augusta (15.000 espectadores), Tarraco (14.000 espectadores) o Pompeya (12.000 espectadores). En el caso de las carreras, el Circo Máximo llegó a tener una capacidad de 300.000 espectadores, siendo el modelo que se replicaba en todo el imperio para construcciones similares.

Los protagonistas

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Mosaico que representa la lucha contra fieras en el Coliseo. Foto: Mario Agudo Villanueva

Aunque en su mayoría eran hombres, se han documentado casos de gladiadoras, como Amazonia y Aquilia, representadas en un relieve del Museo Británico de Londres. La edad de los participantes solía estar comprendida entre los 18 y los 25 años, aunque los había que prolongaban su trayectoria por muchos más años dada la fama y el dinero que podía conseguirse. El reclutamiento se producía entre prisioneros de guerra, esclavos, condenados a muerte que conmutaban su pena por el servicio en la arena u hombres libres que daban este salto para hacer fortuna. La mayoría de ellos tenían, por tanto, algo que ganar.

El primer paso era la admisión en los ludi gladiatori, las escuelas que imponían un duro régimen disciplinario a los luchadores a fin de conseguir la virtus. La escuela contaba con unctores (masajistas) y doctores (entrenadores de lucha). Los venatores, que se batían con fieras, disponían de los mismos servicios. Los cuidados que se ofrecían a los gladiadores en los ludi eran muy buenos, pues se procuraba que gozaran de la mejor salud para los combates. No era el mismo caso de los noxii, criminales condenados por robo, violación o asesinato. Perdían sus derechos y eran enviados a prisión, de la que sólo saldrían para ir a la arena. Estos no recibían ningún tipo de entrenamiento, simplemente eran eliminados en público, obligándolos a pelear y matar a otros noxii. Es a ellos a quiénes debe asignarse la manida frase “Ave César, los que van a morir te saludan”, utilizada por Suetonio para referirse a unos condenados que iban a participar en una naumaquia, pero no generalizada entre los gladiadores.

Los gladiadores se organizaban en torno a familias gladiatoras, grupos de luchadores propiedad de un lanista, representante que concertaba los combates y administraba la contabilidad del grupo. Normalmente era uno de ellos, que había conseguido la libertad una vez logrado el rudis, la espada de madera que se obtenía como consecuencia de la acumulación de éxitos durante toda una vida de combates y que otorgaba el ansiado retiro.

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Auriga de Delfos. Foto: Mario Agudo Villanueva

En las carreras se enfrentaban generalmente cuatro aurigas, que defendían los colores rojo, blanco, azul y verde. También solían ser esclavos que se ganaban la vida divirtiendo a los ciudadanos romanos y levantando verdaderas pasiones. Las facciones partidarias de cada color se enfrentaban, como hemos visto, de forma bastante radical, hasta el punto de producirse verdaderos tumultos en función del resultado. Uno de los aurigas más famosos era Cayo Apuleyo Diocles, de origen hispano, a quien sus admiradores dedicaron un monumento tras 24 años de profesión, más de 4.000 carreras y 1.462 triunfos. A los que superaban el millar de triunfos se les conocía como miliarios.

A la arena…

Los espectáculos se publicitaban mediante carteles de color ocre rojo sobre paredes previamente blanqueadas. Uno de ellos se ha conservado hasta nuestros días en un muro de Roma: “Si las condiciones meteorológicas lo permiten, treinta parejas de gladiadores proporcionados por A. Clodio Flaco, así como varios suplentes por si alguno muriera con excesiva rapidez, combatirán los días 1, 2 y 3 de mayo. Para después de los combates se ha programado una caza de bestias. Paris, el famoso gladiador, luchará en los combates. ¡Hurra por Paris! ¡Hurra por el generoso Flaco, candidato al diuunvirato!”. Debajo del anuncio, el autor reflejó: “esto ha sido escrito por Marco a la luz de la luna”.

El programa de un día de combates constaba de las venatios, en las que, como se ha comentado, se cazaban animales exóticos procedentes de todo el Imperio; las ejecuciones de noxii, celebradas al mediodía, las más cruentas de la jornada y, finalmente, los combates de gladiadores. El público estaba acostumbrado a ver peleas emocionantes, por lo que no todo estaba permitido, se quería observar la destreza de los luchadores y, por tanto, había árbitros que regulaban la refriega. Por otro lado, no todas las luchas eran sine missione, es decir, sin perdón, por lo que los perdedores no eran siempre ejecutados. Hay que tener en cuenta que el coste de formar y mantener un gladiador era demasiado alto como para echarlo por la borda sacrificando luchadores en cada espectáculo. En este sentido, cabe señalar que el famoso gesto del pulgar señalando hacia arriba o hacia abajo para perdonar o sentenciar al vencido, es un anacronismo que no se ve reflejado en representaciones de la época y que se extendió en el período romántico, en pinturas como las de Jean-Léon Gérôme.

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Explanada del Circo Máximo (Roma). Foto: Mario Agudo Villanueva

Respecto a las carreras, no se trataba de correr más rápido que los demás sino de ganar la posición y obstaculizar al contrario. Los giros eran muy complicados y las posibilidades de chocar contra la spina o eje divisorio del circo eran muy altas, lo que añadía una gran espectacularidad a la competición. Los aurigas llevaban casco, látigo, las riendas atadas a la cintura y un puñal en la mano para cortarlas en caso de caída. El caballo más importante era el funalis, situado a la izquierda, pues era sobre el que recaía el giro. Las carreras se decidían dando unas siete vueltas al circuito (siete kilómetros y medio aproximadamente).

Se podrían contar muchas más cosas sobre combates de gladiadores y carreras de carros, pero basten estas líneas como información básica para que el lector conozca un poco más en detalle, más allá de la imagen estereotipada transmitida por el cine y la literatura, estos grandes espectáculos que amenizaban la vida cotidiana de los romanos.

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