¡Un día en las termas!

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Reconstrucción de las termas romanas de Bath. Foto: Diliff (CC BY-SA 3.0)

Resulta innegable que los romanos fueron unos auténticos maestros de la ingeniería y, en particular, de las obras relacionadas con el agua. Los grandes canales y acueductos que abastecían sus ciudades hicieron posible la existencia de unos recintos imprescindibles para todo buen romano: las termas.

Se trata de baños públicos (los más ricos las incorporaban en sus domus, sobretodo en el campo) que podían llegar a albergar a miles de personas. Como en otras facetas de la vida pública, los distintos emperadores también litigaron para ver quien construía las termas más monumentales, siendo las de Caracalla y Diocleciano las ganadoras de esta particular batalla.

Pero, ¿por qué fueron tan populares las termas en la sociedad romana? Más allá de la importancia del baño -asociado a la limpieza tanto del cuerpo como del espíritu- los romanos valoraban sobretodo la función social de este espacio.

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Panorama de las Termas de Caracala. Foto: Chris 73 (CC BY-SA 3.0)

Pasar un rato en las termas era sinónimo de conversación relajada, recreo y relación social. Se discutía de política, se cotilleaba e, incluso, se cerraban tratos y se ideaban nuevos negocios. El ambiente era de lo más propicio, con grandes piscinas de agua caliente y calefacción, salas para hacer ejercicio y estancias con un interiorismo exquisito decoradas con frescos, mosaicos y estatuas.

El origen de las termas

El general Agripa tiene el honor de haber diseñado y construido las primeras grandes termas en el año 25 a.C. Lo que hizo Agripa no fue más que “socializar” una costumbre muy romana y, hasta el momento, doméstica: la de los balnea.

Tal como se explica en el blog “Paseando por la Historia”, se trataba de “pequeños balnearios diseñados principalmente para el disfrute vecinal; había muchos y podía encontrarse uno cada pocas casas”. A partir de Agripa, empezó la pugna entre emperadores para “hacer su baño más espacioso, más espléndido y más popular” y las termas se convirtieron en uno de los servicios fundamentales que los ciudadanos debían tener.

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Interior de las termas de Pompeya. Foto: Obra Social Fundación “la Caixa”. Pepo Segura (CC BY-NC-SA 2.0)

Sin embargo, debemos remontarnos al mundo griego para encontrar las primeras estancias de baño, aunque siempre asociadas a los gimnasios. Los romanos, tan prácticos como sibaritas, perfeccionaron el ejemplo griego incorporando a las termas baños de vapor, piscinas a diferentes temperaturas e incluso bibliotecas y tiendas (tabernae).

Tecnología al servicio del bienestar

Arquitectura y tecnología confluían en los edificios públicos romanos, sin duda los más avanzados de su época y “exportados” a todo el Imperio. Las termas solían estructurarse alrededor de la palestra, lo que sería la sala de “fitness” de nuestros días. También disponían de apodyterium o vestuario y sus usuarios podían hacer el recorrido termal visitando el caldarium (piscina de agua caliente), el laconicum o baño de vapor, el tepidarium o piscina de agua templada y, por último, el frigidarium o piscina fría.

Los beneficios de este itinerario lineal, que se sigue practicando en nuestros gimnasios y spas, ya fueron descritos por el célebre médico griego Galeno, que proclamaba el efecto purificador sobre cuerpo y alma de la combinación de elementos fríos y calientes.

Sin embargo, no todos estaban a favor del bienestar que uno sentía en las termas: según leemos en “Paseando por la Historia”, Séneca opinaba que “la sudoración debe ser resultado de un gran esfuerzo físico y no de una improductiva sesión en una sala caliente”. Y, por razones menos funcionales, los primeros cristianos definieron los baños romanos como “catedrales de la carne”. Opiniones, pues, para todos los gustos.

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Tepidarium (en primer plano) y caldarium de las termas de la Villa Romana de l’Albir. Foto: Rafael del Pino (CC BY-NC-SA 2.0)

Pero volvamos a la tecnología; los acueductos y las canalizaciones urbanas hacían llegar el agua a las termas y, en los sótanos del edificio, el hipycaustum se encargaba de mantener calientes las estancias. El perfeccionamiento de este sistema de calefacción inventado por los griegos se lo debemos al ingeniero Cayo Sergio Orata. Consistía en la canalización subterránea de aire caliente procedente de uno o varios hornos de ladrillo (praefurnium) ubicados estratégicamente en el subsuelo del edificio.

Baños y bañistas

Los edificios termales más grandes disponían de instalaciones separadas para hombres y mujeres. En caso de no tener espacio suficiente, se establecían unos horarios para unos y otras, aunque en algunas épocas estuvo permitido el uso conjunto de las termas por los dos sexos.

Los baños estaba abiertos a casi toda la población romana; los más ricos acudían con sus esclavos, que los ayudaban a vestirse y desvestirse y les untaban el cuerpo con aceites y fragancias. En los baños también se ofrecían masajes y, en los casos de aguas termales, tratamientos para curar o mejorar distintas dolencias. De hecho, muchas de las explotaciones termales de la actualidad ya fueron usadas en la Antigüedad.

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Reconstrucción en dibujo de las Termas de Antonino. Foto: Jaume Ollé (CC BY 3.0)

En este sentido destacaron especialmente las termas de Hierápolis, en la actual Turquía, que se diseñaron específicamente para reforzar el uso medicinal de sus fuentes. En Roma, los baños más célebres fueron los de Agripa, Caracalla, Nerón, Trajano y Diocleciano – ¡con capacidad para 6.000 bañistas!-. Las más antiguas conocidas de la civilización romana se encuentran en Pompeya (siglos II a.C).

En Hispania destacaron las de Lugo, Alanje, Sagunto o Astorga, entre otras. Mientras que las más espectaculares del Imperio fueron las ya mencionadas de Hierápolis, las de Bath y las de Antonino en Cartago.

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