Morir en época romana

Oriol Fort, arqueólogo especializado en prehistoria y edad antigua, es el impulsor del blog Postexcavatòrix, que desde el año 2011 reúne toda la información disponible sobre la arqueología catalana. Lugar de difusión de actualidad, el blog quiere convertirse en un espacio de debate e intercambio en torno a la arqueología.

La muerte era algo muy importante en la sociedad romana. Era el paso de la vida terrenal a una nueva vida y había que celebrarlo y llorarlo a la vez. Si bien era una pérdida, tampoco se convertía en un cataclismo. De hecho lo celebraban con largos festejos y banquetes que podían durar hasta nueve días.

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Vaciado pompeyano. Foto: José María González-Serna (CC BY-NC 2.0)

Del romano más humilde al más rico, todos trataban con respeto a sus muertos, algunos de los cuales llegaban a formar parte de los Lares, los dioses protectores del hogar. Los esclavos, al no ser considerados personas sino objetos, eran depositados en pudrideros comunes.

Debido a la Ley de las XII Tablas los romanos tenían prohibido enterrar a sus muertos dentro de la ciudad. Una medida higiénica muy importante que hizo que éstos se enterraran en las necrópolis, situadas a los lados de las carreteras y los caminos y en las zonas habilitadas para ello a las afueras de las ciudades.

Rituales funerarios

Antes del entierro, en casa del finado se lavaba el cadáver y se ungía con sustancias aromáticas. Era un gesto de piedad y también una medida higiénica. Como también era de piedad darle el último beso o cerrarle los ojos.

Una vez limpio, el difunto se exponía en el atrio de la domus cubierto de ramos y coronas de flores. Empezaba entonces el velatorio, que reunía a amigos y parientes. En él se llevaba a cabo una acción curiosa, la conclamatio, que consistía en llamar al difunto tres veces para asegurarse que realmente estaba muerto.

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Sepulcro Romano. Foto: Ángel de los Ríos (CC BY-NC-ND 2.0)

El conocido detalle de poner una moneda en la boca para pagar a Caronte, el barquero del Hades, solía ser propio de gente pudiente.

La noche después del velatorio se marchaba en procesión desde el domicilio del finado hasta la necrópolis. El trayecto reunía a varios personajes: plañideras profesionales, músicos, cortejo, etc. Un momento que los más ricos aprovechaban para hacer ostentación de sus riquezas.

Una vez en la tumba se hacían ceremonias que llegaban a durar hasta nueve días. Una de ellas era un banquete ritual en el que también participaba el muerto, a quien se le ofrecía comida y bebida.

Cuando terminaban los rituales y las celebraciones, los familiares llevaban el duelo durante un tiempo que variaba según el sexo, la proximidad y el grado de parentesco que se tenía con el finado. Las normas más severas solían ser para las viudas y los hijos.

Tipos de entierro

Había dos tipos de entierro: la incineración y la inhumación. La primera era el ritual romano más extendido, mientras que la inhumación era más propia de poblaciones semíticas –como los judíos, los fenicios o los árabes-. El eclecticismo romano hizo que algunos adoptaran la inhumación como forma de entierro sin que entrara en contradicción con la religión romana. El cristianismo adoptó esa forma de entierro y la expandió por el Imperio cuando fue religión oficial, llegándose a prohibir la incineración.

Para incinerar al muerto se lo colocaba en una pira que ardía hasta que el cuerpo quedaba reducido a cenizas. Depués se depositan las cenizas en un recipiente (urna) y se enterraba en una tumba o mausoleo.

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Necrópolis de Barcino, plaza Vila de Madrid- Foto: aula.xtec (CC BY-NC-SA 2.0)

La inhumación era el entierro con el cuerpo sin alterar, que se depositaba en un agujero en el suelo y se cubría. Excepto los más pobres, la mayoría de romanos enterraban a sus muertos en tumbas de obra, generalmente panteones. Los más humildes se tenían que conformar con ser enterrados en cajas de madera.

A partir del auge del cristianismo –siglo II- la inhumación fue en aumento y con el paso del tiempo fue la única forma de entierro aceptada, ya que el cuerpo moría pero el alma regresaba a Dios.

Tipos de tumbas

Los romanos disponían de un gran “catálogo” de tumbas. Escoger un tipo u otro dependía de la importancia y riqueza del finado. Podemos encontrar:

La tumba en caja, consistente en elementos constructivos llamados tegulae puestos en vertical formando la caja, y otras tegulae haciendo las veces de cubierta, puestas en horizontal.

La tumba a doble vertiente, con tegulae como base y como cubierta, apoyadas las de un lado en las de otro. En las juntas había ímbrex (tejas) que sellaban los espacios. Vistas de frente tienen forma de triángulo.

Cajas hechas de obra, con piedras formando los cuatro lados de la tumba.

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Mausoleo romano de L’Albir S.II-IV d.C. (L’Alfàs del Pi) Alicante. Foto: Rafael del Pino (CC BY-NC-SA 2.0)

Cajas de madera cerradas con clavos, parecidas a los ataúdes actuales pero más simples. Debido a la dificultad de conservación de la madera en la mayoría de tierras, de dichas cajas solo se han conservado los clavos que las cerraban.

Ánforas, que se utilizaban en los entierros infantiles.

Para identificar las tumbas, aquellos que podían costearlo instalaban lápidas, estelas y estatuas funerarias que recordaban la vida y las hazañas del difunto.

Ajuar

Era tradicional enterrar el muerto con algunas de sus pertenencias. El ajuar funerario estaba compuesto por elementos que describían la vida del muerto: sus herramientas o sus armas. También lo acompañaban al más allá ofrendas, ungüentarios, vasos con alimentos o estatuillas de divinidades protectoras.

Como toda sociedad compleja, la romana poseía una gran variedad de rituales y creencias acerca de la muerte y la posibilidad de otra vida, así como formas de recordar al muerto. Algunas de ellas se han perdido para siempre, pero otras han llegado hasta nuestros días adaptándose a las nuevas costumbres.

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