Del “Carpe Diem” al salario, pasando por el “ciao”. Más de dos mil años de latinajos

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© Alfred López

Alfred López (Barcelona, 1965) coleccionista de curiosidades y anécdotas históricas desde la adolescencia, decidió en el año 2006 volcar todo lo que había ido recopilando a través de los años en un blog al que tituló “Ya está el listo que todo lo sabe”. Desde entonces su página se ha convertido en una de mayor referencia en la blogosfera, habiendo alcanzado los 15 millones de visitantes y aparecer en el listado que publicó “Personal computer & Internet” con “Los cien mejores blogs en castellano”. Colaborador habitual en varios medios, en 2012 publicó su primer libro “Ya está el listo que todo lo sabe (366 curiosidades para descubrir el porqué de las cosas cada día)” (Editorial Léeme Libros) que ya ha alcanzado su tercera edición.

Es obvio que nuestro idioma proviene directamente del latín y que la influencia de éste en nuestra forma de hablar es poderosa. Pero este artículo, lejos de ser un estudio sociológico sobre la lengua, su uso y desusos, está escrito con la intención de repasar un puñado de términos y expresiones que hemos heredado del latín, la lengua hablada en la época del Imperio Romano, y cómo las hemos adaptado a nuestro lenguaje coloquial. Aprovecharé para hablar sobre su origen, quizás para muchas personas desconocido, y de unas cuantas curiosidades sobre las mismas.

La famosísima expresión ‘Carpe Diem’, que he utilizado para titular este artículo, es un claro ejemplo de la popularización y uso de frases directamente en latín. Su origen la encontramos en una de las Odas (I, 11) escritas por el poeta romano Horacio en el siglo I a.C. y con ella nos anima a aprovechar el momento, agarrar el día y sacar el mejor jugo de él, sin tener que esperar al día de mañana, que muy posiblemente no nos traiga lo mismo.

Otras de esas expresiones recibidas directamente de los antiguos romanos es el conocido ‘Veni, vidi, vici’ (Llegué, vi, vencí), pronunciada por Julio Cesar tras la batalla de Zela o el ‘Alea jacta est’ (La suerte está echada), también de César, tal y como dejó escribió el historiador Suetonio.

Pero estos tres claros ejemplos de expresiones también pueden aplicarse a términos que utilizamos de forma cotidiana y que hemos adaptado a nuestro propio lenguaje, como puede ser la palabra ‘ciao’ que utilizan comúnmente los italianos para saludar y que muchos de nosotros hemos adoptado en la forma de ‘chao’.

Es curioso ver como este ‘ciao/chao’ se utiliza para decir un ‘hola’ o ‘adiós’ (en España sobre todo para despedirse), cuando en realidad su origen etimológico es muy diferente.  Tal y como lo conocemos actualmente proviene del latín medieval (en su uso como lengua litúrgica o de enseñanza), que la recibió del dialecto véneto y este a su vez del latín vulgar, como la gran parte de las lenguas romances. Originalmente se escribía ‘s’ciavo’ y su significado era directamente ‘esclavo’, siendo utilizado por éstos a modo de saludo ante su señor para indicarle ‘servidor de usted’ o ‘a su servicio’.

Los nombres y/o apellidos de personajes ilustres también han dado paso a términos de uso cotidiano, como es el caso de Cayo Cilnio Mecenas, consejero político de César Augusto, un noble romano poseedor de una gran riqueza conocido por ser un ferviente impulsor de jóvenes talentos dedicados a escribir poesía. Acogió en su villa de Tívoli, entre otros, a poetas tan insignes como Horacio y Virgilio, proporcionándoles todo aquello que necesitaron para prosperar en sus respectivas carreras como poetas. A partir de entonces, a aquellas personas que patrocinan desinteresadamente a quienes se dedican a alguna disciplina artística se les llama ‘mecenas’.

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El sarcófago de los esposos. Foto: Antonio Guerra (CC BY-NC-ND 2.0)

En el mundo de la pareja también podemos encontrarnos con unas cuantas curiosas etimologías, como la que se le da a la palabra esposo/a y que proviene del latín sponsus, utilizado para referirse a aquellos que asumían un compromiso. Cabe destacar que sponsus, a su vez, provenía del griego ‘spendo’, cuyo significado era ‘hacer un acuerdo’ o ‘firmar un contrato’, que era lo que hacían el marido y la mujer cuando se casaban.

Con los años la palabra sponsus, y por lo tanto su traducción femenina al castellano como esposa, fue la que dio nombre en la Edad Media a las manillas (grilletes) que servían para aprisionar las muñecas de un reo (esposas). El motivo de llamarlas así era porque se tenía la idea de que las manillas eran como una esposa, que ataba al marido y lo aprisionaba sin dejarle libertad.

Curioso también es el origen de la palabra fornicar, la cual proviene del  latín ‘fornix’ (fornice) que es el nombre que recibe la zona abovedada (curvatura interior del arco) que se encuentra bajo los puentes, callejones y otras edificaciones y que en tiempos del Imperio Romano era el lugar en el que las prostitutas callejeras esperaban a los clientes, con los que mantenían relaciones sexuales allí mismo.

Expresiones tan famosas y popularmente utilizadas como ‘montar un poyo’ (para referirse al acto de ‘montarse un follón o discusión’) también tiene parte de su origen en una palabra procedente del latín, en este caso ‘poyo’ (también escrito pollo y aceptado por la RAE).

El “poyo” al que se refiere la locución no es un ave, sino el atril o podio portátil que montaban algunos oradores ambulantes y cuya procedencia es la famosa palabra del latín ‘pod?um’ (Plataforma o tarima sobre la que se coloca a alguien para ponerlo en lugar preeminente).

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© Alfred López

El latín del antiguo Imperio Romano se convirtió en la lengua litúrgica, siendo utilizada durante muchísimos siglos para todo lo que tenía que ver con el cristianismo y la institución eclesiástica. De ahí que haya tantísimo términos que procedan directamente del latín y hoy en día se hayan acoplado a nuestra lengua.

Términos como ‘cónclave’ (reunión de cardenales para elegir un nuevo papa y cuyo significado es ‘bajo llave’), ‘crisma’ (modo con el que se designa coloquialmente a la cabeza [como te caigas te partirás la crisma] y que en realidad es el aceite consagrado que se utiliza en la iglesia católica y proviene del latín ‘chrisma).

Los antiguos romanos también nos han proporcionado las múltiples palabras que hay para referirnos a la remuneración que percibimos por realizar un trabajo, entre ellos ‘sueldo’ que proviene de ‘sol?dus’, una antigua moneda de oro que comúnmente valía 25 denarios de oro. El otro término es ‘salario’, cuyo origen es el latín ‘salar?um’, en una época en la que la retribuciones se hacían en especias y la sal era un bien muy preciado, por lo que el salrio/salar?um era el pago de sal que se les daba a los soldados que cuidaban la “Vía Salaría” (una calzada romana que comunicaba Roma con Castrum Truentinum, en el mar Adriático).

Para finalizar lo haremos con el término ‘monitor’, el cual es una de esas palabras polisémicas y que destacan por tener varios significados. En este caso podemos encontrar que tanto sirve para referirse a un dispositivo o pantalla (entre ellas la del ordenador) utilizados para seguir y leer los datos de un sistema o actividad y también para señalar a aquella persona que se dedica a guiar o enseñar en el aprendizaje y práctica de alguna actividad.

Su origen etimológico se remonta, como no, a tiempos del Imperio Romano en el que se utilizaba la palabra en latín monitor/monotoris (cuyo significado era advertir/avisar) para llamar así al esclavo o subalterno que acompañaba a su amo y cuya función era la de recordarle los nombres de las personas con las que se iban encontrando, detalles importantes del día a día o los actos a los que debía asistir. También solían colocarse junto a los oradores y, en caso de que éstos se quedasen en blanco, darles el pie sobre lo que debían decir en sus discursos o alocuciones.

Fuentes de consulta: Ya está el listo que todo lo sabe / RAE / Fundeu

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