¿Qué me pongo hoy?

Subucula, palla, petasus, paenula, calcei… Podría parecer que la indumentaria romana fue muy distinta de las ropas que vestimos hoy en día. Sin embargo, las semejanzas, como veremos, son más que evidentes; como evidente es también que la vestimenta fue un símbolo inequívoco de posición social. Un hecho aún muy vigente pero que en la sociedad romana era exagerado hasta el punto de estar regulado por la ley (leyes suntuarias) en algunos períodos de la antigüedad.

Tal como podemos leer en la web Imperivm, “viendo a un romano podríamos saber en cuestión de segundos si éste es pobre o rico […] pero viendo a dos romanos ricos sabríamos cuál de ellos tiene un cargo público, cuál es un patricio y así una cantidad de distinciones considerables”.

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Los gladiadores vestían el subligaculum para cubrirse los genitales – Foto: ADRI-MAREMOTO (CC BY-NC-ND 2.0)

Tampoco hay que olvidar que los romanos adaptaron numerosos aspectos de la vida de los pueblos que conquistaron y la vestimenta no fue una excepción. La toga es de origen etrusco y la túnica fue un “invento” griego. Pero empecemos por el principio: la ropa interior, que los griegos ignoraban, fue usada por los romanos a imagen y semejanza de… los persas y los pueblos bárbaros del norte.

Ropa interior

La indumenta o ropa interior consistía en las prendas subligaculum (que equivaldrían a los calzoncillos actuales), subucula (nuestra camiseta interior), camisia exterior y, en el caso de las mujeres, la mamillare, el precursor del sujetador moderno.

Su uso no fue generalizado y dependía en parte de las necesidades de cada uno; así parece que los trabajadores y campesinos eran quienes más usaban la ropa interior, que los protegía mejor de los avatares de sus tareas.

El traje romano: la toga

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El emperador Augusto togado – Foto: Manel (CC BY-ND 2.0)

Los platos fuertes de la vestimenta romana eran la toga y la túnica. La primera distinguía únicamente a los ciudadanos romanos; sólo ellos estaban autorizados a llevarla y se convirtió en un auténtico emblema de cultura romana. Y ello a pesar de que su origen hay que buscarlo en la civilización etrusca.

Aunque parezca mentira viendo las imágenes plasmadas en estatuas y pinturas de la época, las primeras togas eran sencillas y se llevaban enrolladas al cuerpo sin mayor pretensión. Con el paso del tiempo y el simbolismo que ganó esta prenda en la cultura romana se convirtió en una vestimenta opulenta y hasta incómoda de llevar.

La toga medía unos 6 metros de longitud. Enrollada alrededor del cuerpo, se recogía por los pliegues del lado derecho y se echaban hacia el hombro izquierdo. Normalmente se llevaba encima de la túnica y estaba hecha de lana. Todos los ciudadanos romanos podían usar toga, tanto ricos como pobres; pero las diferencias entre ellas eran más que evidentes: la calidad de los materiales y el color (blanca, con rayas y bordados de oro para los más ricos) eran claros indicadores de posición social.

Asimismo, y aunque al principio la vestían tanto hombres como mujeres, la toga se convirtió con el tiempo en un atuendo exclusivamente masculino.

Túnicas o prêt-à-porter a la romana

Si la toga era la prenda de vestir propia de los eventos importantes, la túnica era sinónimo de practicidad. Heredada de los griegos, existían múltiples modelos adaptados al uso (campestre, militar, doméstico, político –los senadores usaban la tunica laticlavia-) y podían vestirla tanto los ciudadanos como los no ciudadanos de Roma.

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Cazador ataviado con una túnica corta. Frescos que decoraban la balaustrada del anfiteatro emeritense. Foto: Rafael del Pino (CC BY-NC-SA 2.0)

Adaptada para ambos sexos, podía ser larga (tunica talaris) o corta, tener mangas (túnica manucata) o no y estar formada por una o varias piezas de tela; se ponía por la cabeza y se ceñía al cuerpo por la cintura o, en el caso de las mujeres, por debajo del busto.

En ocasiones incorporaba pantalones, aunque su uso era mucho menor ya que se consideraba de mal gusto. La túnica sobrevivió a los romanos y se usó mucho a lo largo de la Edad Media.

Moda para ellas

Las mujeres patricias vestían la llamada stola, una tela plisada y larga hasta los pies, que se llevaba encima de una túnica interior (tunica intima). Representaba una especie de toga femenina. Sólo las mujeres romanas casadas podían lucir la stola, que se complementaba a menudo con la palla, usada como velo, manto o capucha que las cubría al salir a la calle. Tal como señala la página Imperivm “no estaba bien visto para la moral de una mujer de clase alta que esta caminara o viajara por las calles mostrando su pelo”.

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Pintura de Laurent de La Hyre que representa el rechazo de Cornelia al rey de Egipto. Imagen de Dominio Público.

Las mujeres casadas con tres hijos o más aumentaban su rango social y, por tanto, también la distinción de sus vestidos: para ellas se crearon las llamadas stola matronae.

La seda, importada de oriente, era el material preferido de las patricias romanas, que también ostentaban complementos a base de adornos, broches, cinturones y diademas.

En el otro extremo de la escala social, la prenda más usada era la paenula, un sencillo manto cuadrado o rectangular hecho de tela basta, con un orificio por el que se introducía la cabeza. Podía incorporar capucha y se acomodaba encima de las túnicas más sencillas. Los romanos más pudientes también utilizaban esta prenda para guarecerse del frío o durante los viajes.

Cabeza y pies

Los antiguos romanos no eran muy aficionados al uso de sombreros y a los actos solemnes se acudía con la cabeza descubierta (salvo excepciones como los sacerdotes, por ejemplo). Sin embargo existían varios tipos de sombreros para usos puntuales, como el cucullus (gorro de viaje) o el petasus, para protegerse del sol. Los libertos lucían con orgullo el pilleus, que simbolizaba su condición de hombres libres.

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Los soldados romanos usaban las caligae, sandalias atadas hechas de correas de cuero y con suelas tachonadas. Foto: Manel (CC BY-ND 2.0)

En los pies, los romanos usaban mayoritariamente sandalias (solea) y sólo algunos ciudadanos reconocidos llevaban calceus o zapato cerrado (propio de senadores y magistrados). Los nobles y algunos soldados calzaban campagnus (botas) y, los actores, el coturno, que elevaba su estatura gracias a sus gruesas suelas de corcho.

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