Juguemos a ser romanos por un día…

Javier Rodríguez Rodríguez y Carlos Fernández Antón (Ars Ingenivs)*- Cuando uno se acerca a la historia lo suele hacer a través de los grandes hechos y personajes. Eso nos da una visión de conjunto, pero nos priva de los detalles que consideramos menos importantes. Sin embargo, son estos detalles menores los que componen los cimientos de cualquier sociedad. Parémonos a pensar qué hacían esos mismos personajes cuando no se dedicaban a escribir las grandes páginas de la Historia: es la “historia” con minúscula, casi de andar por casa en zapatillas…

El ocio de los romanos nos dice mucho de cómo eran sus relaciones personales y nos muestra ciertos rasgos de la sociedad de la que nos han llegado pocos testimonios. Es la historia más íntima y familiar, que apenas tiene cabida en los libros que estudian nuestros hijos.

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Javier Rodríguez y Carlos Fernández recreando pasatiempos romanos. Imagen: © Ars Ingenivs

Afortunadamente, los autores latinos no tuvieron rubor en narrar su vida cotidiana. Conocemos parte de la “agenda social” de Cicerón, Ovidio, Quintiliano, Séneca… y jugosos chismorreos de las ajenas a cargo de Marcial, Juvenal, Plauto, Horacio, Macrobio y Suetonio, entre otros muchos.

Es interesante ver cómo los romanos manejaban su intimidad y se relacionaban con sus vecinos; cómo administraban su tiempo libre en una época que el ritmo de vida nos parece ajenamente pausada. A este respecto, existía una marcada frontera entre el tiempo de trabajo (negocio, del latín nec otium,  o tiempo “no ocioso”) del reservado a la tranquilidad y al sosiego (otium) en familia o con amigos.

Conocida es la afición de los romanos por los espectáculos públicos que llenaban circos, teatros y anfiteatros pero no se privaban de visitar regularmente las termas no solo por higiene sino como acto social. Ya en casa la cena era el momento central del día, cuando el banquete reunía a la mesa a toda la familia e invitados. En tan relajado ambiente circulaba el vino y rodaban los dados y las tabas con total libertad.

Resulta sorprendente la cantidad de juegos y entretenimiento que practicaban los romanos y, más sorprendente aún, como algunos de ellos han atravesado la historia hasta nuestros días. Repasemos algunos de ellos.

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Dados antiguos. Imagen: bluguia_pablo. Licencia CC BY-SA 2.0

Los bebés romanos recibían como regalo pequeños sonajeros y campanillas para estimular sus sentidos en los primeros años de vida: generalmente eran de bronce pero sabemos que a veces eran de plata y los más humildes en simple barro cocido.

La infancia estaba llena de juegos y cualquier cosa se transformaba en juguete. Un simple puñado de nueces proporcionaba horas de entretenimiento en una variedad de juegos que desborda la imaginación. En realidad nuces (nueces) es la denominación latina de cualquier fruto seco o hueso de fruta carnosa. Existían juegos de precisión en las que las nueces se lanzaban a un agujero en la tierra o a una vasija desde una cierta distancia. Conocían las canicas (ocellati), que ya existían en el antiguo Egipto faraónico, fabricadas en cerámica o con guijarros de rio pulidos, pero el juego con nueces no era menos sofisticado ni aburrido.

A tan humildes juegos no eran ajenas las apuestas ya que se ponían en juego las propias nueces (o almendras, castañas, etc.) que al final se transformaba en una rica merienda. Era tal la afición por estos juegos que la tradición mandaba que en las bodas el novio lanzase puñados de nueces al paso de la futura esposa. Se pretendía que el alboroto de la chiquillería al recogerlas impidiera a la novia escuchar comentarios desfavorables o malas palabras susceptibles de interpretarse como un mal augurio.

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Muñecas romanas articuladas. Museo Arqueológico de Albacete. Imagen: Rafael del Pino. Licencia CC BY-NC-SA 2.0

También existían muñecas, que estaban hechas de madera tallada o barro cocido; también se conocen varios ejemplares de hueso y marfil con brazos extremidades articuladas. Para ellas se confeccionaban vestiditos y pequeñas joyas (anillos) y sabemos que las niñas más afortunadas tenían casitas donde alojar a sus muñecas con pequeños muebles de madera, vajillas de plata y todo tipo de complementos.

El paso de la adolescencia a la edad adulta, a partir de los 13 ó 14 años en las niñas y de 14 a 17 en los niños, se caracterizaba por una ceremonia en el que los muchachos acudían al templo de Iuventus. Se simbolizaba el abandono de la niñez depositando en el altar sus juguetes infantiles: muñecas, trompos y peonzas, tabas, canicas y nueces. De hecho el paso a la edad adulta se denominaba nuces relinquere, es decir, el abandono de las nueces para pasar a otros pasatiempos y juegos de adulto.

Los juegos de pelota

La pelota (pila) proporcionaba juego y ejercicio físico. Se fabricaban con cuerdas o cualquier tipo de fibra enrollada, paja o relleno firme que se envolvía en tiras de cuero, tripa o cualquier tela recia y resistente. Los autores latinos nos hablan de relleno hecho con esponjas marinas, que eran más ligeras, y también fabricadas con una vejiga de cerdo inflada, con más capacidad de rebote.

Juegos típicos tanto de niños como de adultos era el trigon, en el que tres jugadores colocados equidistantemente se lanzaban varias pelotas pequeñas intentando recogerlas al vuelo sin que tocaran el suelo. Los juegos por equipo, como el harpastum, eran de tipo llamado expulsim ludere, donde se permitía el contacto físico y la lucha por controlar la pelota (harpasta).

Los romanos desconocían los juegos de raqueta, pero existe una referencia de Ovidio a cierto juego con retículum o red: se trataría de una especie de balón bolea impulsando la pelota con la mano, que se protegía de los golpes con un guante de cuero. De aquí provendrían los juegos tipo jeu de paume francés y la pelota vasca o valenciana, a través de variantes que desde Roma se desarrollaron durante la Edad Media.

En esta época no existe el deporte tal como lo conocemos: se recomienda el ejercicio en las palestras con estos juegos de pelota, pero no hay competiciones regulares ni equipos organizados.

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Dado, canicas, tabas y fichas de yacimiento del Portus Ilicitanus (Santa Pola). Imagen: Rafael del Pino. Licencia CC BY-NC-SA 2.0

Los pasatiempos adultos consisten en juegos de tabas y dados en los que ya entraban en juego apuestas. A tal punto eran aficionados los romanos a ellas que se requirió la promulgación de leyes alearias para paliar las consecuencias nefastas de las deudas de juego. Las deudas de juego arruinaron a familias enteras que tenían que ofrecerse como esclavos a su acreedor si sus bienes no cubrían la deuda.

En el ámbito privado destaca la comissatio, celebrada al terminar una cena o banquete. Era el tiempo para charlar, degustar vino, escuchar textos recitados y jugar con los amigos.

Una partida de tabula,  predecesor directo del backgammon o chaquete, era la excusa para las relaciones sociales y las charlas de negocios entre los patricios. Los elementos de juego iban en consonancia a la capacidad adquisitiva de su dueño: desde humildes tableros grabados en cerámica y dados de hueso a elaboradas piezas de maderas olorosas, fichas de piedras semipreciosas y marfil.

En casi todos los espacios públicos de las ciudades romanas han aparecido tableros de juego tallados o grabados sobre las piedras, señal de la afición de los ciudadanos a ellos como forma de sobrellevar el tiempo de espera en la mayoría de los trámites burocráticos.

La mayoría de estos juegos de mesa sobrevivieron a la propia Roma, extendiéndose por todo el territorio. Especialmente practicado era el ludus latrunculorum o latrunculi, juego parecido al de damas.

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Tumba de las pinturas (Tomba dei Dipinti), Necropoli della Via Portuense, Museo Nazionale Romano nelle Terme di Diocleziano, Roma. Imagen: Sebastià Giralt. Licencia CC BY-NC-SA 2.0

En el fondo, la historia de los juegos y pasatiempos se remontan a los albores de la civilización y podemos intuir, gracias a las evidencias arqueológicas, como ciertos juegos se difundieron rápidamente a través de viajeros y comerciantes. Fueron ellos quienes llevaron los entretenimientos de su tierra por todo el mundo conocido en un primer ejemplo de mezcla cultural y globalización.

En un mundo moderno, donde la cultura del ocio forma parte de nuestra sociedad, vemos cómo se pierden muchos de los juegos tradicionales que hemos practicado de niños. La tecnología nos proporciona juegos y entretenimientos sofisticados y espectaculares pero que carecen de ese componente socializador de los pasatiempos de antaño.

Con la edición de nuestra obra Juegos y pasatiempos de la antigüedad pretendemos hacer un recorrido por el origen de algunos de nuestros juegos tradicionales y comprender cómo los romanos, griegos, egipcios y sumerios vivían su tiempo de ocio. Constatamos cómo la vida en aquella época era sencilla en lo material pero imaginativa en lo intelectual.

En el libro presentamos una selección de diferentes juegos practicados en tiempos del Imperio Romano. Cada capítulo recoge la información disponible y su historia de una forma clara y amena, analizando las diversas fuentes con cuidado y objetividad. De igual forma, cada juego se presenta en una ficha en la que se detallan los elementos necesarios para su práctica.

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Reconstrucción a cargo de Ars Ingenivs del juego romano Felix Sex, los seis afortunados. Imagen: © Ars Ingenivs

Después de tantos siglos, jugar con los mismos elementos que entretuvieron a Tutankamón, Alejandro Magno, Pericles, Cesar Augusto o Alfonso X el Sabio sigue proporcionándonos horas de trepidante diversión y nos libera, siquiera durante un rato, de las preocupaciones de la vida moderna.

Les invitamos a seguirnos por un viaje a través de los siglos: un viaje que nos llevará al corazón y al alma de Roma. Pero recuerden: una vez que los dados estén en el aire, nunca volverán a ser los mismos… Si no lo creen, recuerden las palabras del gran Cayo Julio Cesar al cruzar el pequeño cauce del Rubicón: ALEA IACTA EST.

¡Hagan juego! Los dados están sobre la mesa y la suerte está echada…

*Ars Ingenivs es un lugar para la reconstrucción y el conocimiento , para el arte de la ingeniería y agrimensura del mundo antiguo. Impulsado por Carlos Fernández Antón, Ingeniero Técnico en Topografía de profesión y reconstruccionista y apasionado del mundo romano.

Javier Rodríguez Rodríguez es ingeniero técnico industrial por la Universidad de Cantabria. Gran conocdor del mundo clásico, desde 2003 participa en foros y actividades con otros aficionados a la historia  y es miembro fundador de la Asociación Cultural Hispania Romana (2007).

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