“Flamen martialis”, el sacerdote de Marte

Romanorum Vita inicia su colaboración con su comunidad virtual con la publicación de este primer artículo editorial. Marco Almansa Fernández, miembro de la Asociación Cultural Hispania Romana, nos acerca a la religión romana y, en concreto, a una de sus figuras principales: el flamen martialis, uno de los sacerdotes más prestigiosos de la antigua civilización romana:

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Imagen de Wikimedia Commons

La religión en la Antigua Roma fue una constante en la vida de toda persona que influyó en las decisiones de individuos e instituciones. La palabra religión procede del latín religare o re-legere i significa, entre otras cosas, volver a ligar, unir: atar lo mortal con lo divino.

En Roma se practicaba, en primer lugar, un culto pagano proveniente del campo que entró posteriormente en las ciudades con gran rapidez.

Era una religión que estaba influenciada por los pueblos de otras culturas próximas al Lacio, como etruscos, latinos, umbros y griegos, y que posteriormente vería acrecentada su lista con la inclusión de divinidades procedentes de los territorios conquistados de la cuenca mediterránea.

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De los lares del hogar a las grandes festividades del culto imperial

En Roma existían principalmente dos tipos de veneraciones: unos cultos privados y unos ritos públicos. Los primeros eran aquellos que se realizaban en las casas de cada familia, como podrían ser cultos a los penates, lares, etc. que, junto con otras divinidades menores, tenían un pequeño altar en un lugar destacado del hogar.

Los públicos eran aquellos que se hacían en lugares representativos, como en el templo de Júpiter Óptimo Máximo en la colina Palatina, y estaban dedicados a los grandes dioses del Panteón romano o el culto al emperador, ya en época imperial; los cultos públicos suponían, en algunos casos, una gran pompa festiva en honor a la divinidad o al emperador.

Los colegios y magistrados dedicados a la religión

El culto religioso romano se realizaba mediante numerosos colegios y magistrados especiales. Eran instituciones de ámbito privado y cuasi independientes que rendían culto a cierto tipo de divinidades. En Roma existían varios colegios: el más importante de todos fue el Collegium Pontificum, donde estaba el Pontificex Maximus o sumo sacerdote.

Imagen: Nick Thompson. Licencia CC BY-NC-SA 2.0

Luego venían otra serie de colegios como los Flamines, divididos en dos “secciones”: Flamines Maiores, aquellos que rinden culto a Iupiter, Marte y Quirino, y Flamines minores, aquellos que dedican el culto a otras divinidades como Pomona, Vulcano, Carmenta, etc.

Imagen: Jastrow. Wikimedia Commons

Tal como nos cuenta el escritor romano Aulo Gelio, el cursus honoris de los flamines se clasificaban de acuerdo al rango de la divinidad. Así pues, cuanto más importancia tenía la divinidad, el flamen era más ilustre.

Abordaremos, en este texto, la figura de uno de los tipos de sacerdotes romanos más importantes del ritual pagano, el Flamen Martialis. Esta figura de la religión estatal estaba vista como una de las principales dentro del sacerdocio romano, pues suponía un gran privilegio pertenecer a las filas religiosas más altas y estar al servicio de la divinidad, en este caso a Marte. Aunque existen otros dos principales, como el Flamen Dialis (Júpiter) y el Flamen Quirinalis (Quirino).

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Los flamines mayores de la antigua Roma

Tradicionalmente se atribuye la creación de los flamines al rey Numa, a quien Tito Livio atribuye la creación de “un sacerdote de Júpiter, un flamen permanente y otros flamines para otras dos divinidades, uno para Marte y otro para Quirino”.

Tal vez podríamos suponer que cada uno de los tres flamines mayores correspondía a una de las tres tribus de la antigua Roma. En cualquier caso, esta cifra explica fácilmente por qué hay tres flamines principales.

Un sacerdocio lleno de restricciones

Imagen: © Sonia Martínez

A pesar de ser un privilegio estar en las altas esferas religiosas, este cargo -así como otros del colegio sacerdotal- tenía numerosas prohibiciones. Por ejemplo, nos cuenta Cicerón que, a pesar de estar al servicio del dios de la guerra (Marte), al Flamen Martialis le estaba prohibido acudir a la guerra, puesto que para ello existían otros tipos de sacerdotes como el augur o el fetial.

Pero la lista de prohibiciones no acaba aquí; Cicerón comenta también que cuando los romanos estaban en festividades el flamen no podía estarlo, ya que se dedicaba a los ritos que en esas celebraciones se realizaban. Tampoco podía montar a caballo ni pasar más de un día fuera de su propia casa y camaSiempre debía vestir con su toga praetexta, con su gorro o albogalerus -también llamado ápex- además de una vara blanca y unas calcei rojas para caminar por la calle. Todo ello, como explica el historiador Apiano, para que se le reconociera su estatus.

Una de las costumbres más curiosas que el flamen debía respetar era la de tener una especie de pastelito de sacrificio toda la noche cerca de su cama, guardado en una cajita, por si acaso quería hacer un sacrificio nocturno.

La barba del sacerdote debía estar afeitada por un cuchillo de bronce y sus ropas no podían estar sujetas con broches metálicos. Tampoco podía llevar anillos, dado que esto suponía estar esclavizado a la esencia del hombre, y el flamen no podía ser “esclavo” de nada. Por la misma razón simbólica no podía tocar la hiedra o enredadera, puesto que esta planta se pega al cuerpo y se asemeja a las cadenas, collares y anillos que encierran la libertad. (De ahí que nos pongamos anillos a la hora de casarnos, para estar “atados” a nuestra pareja).

Alejado de la muerte y la corrupción

El flamen no podía llevar nudos en su pelo o ropaje, cosa que cosa que se consideraba un crimen; no podía tocar la carne de un animal sacrificado ni la carne cruda o la harina fermentada. Tampoco le estaba permitido relacionarse con una muerte humana (ni siquiera escuchar el sonido de las flautas fúnebres) o tocar a dos animales concretos: el perro y la cabra, ya que éstas eran las víctimas preferidas de los dioses del inframundo.

Imagen: Alvaro P. Vilariño. Licencia CC BY-SA 2.0

Un sinfín de prohibiciones que, básicamente, se reducen a una: el flamen deben evitar cualquier relación, a través del tacto, la vista o del habla, con la muerte y la corrupción, con objetos y seres que se atribuyen al culto los muertos y sus dioses.

Flaminica: la compañera del flamen

Imagen: Sebastià Giralt. Licencia CC BY-NC-SA 2.0

Pero no todo eran negativas: a diferencia de lo que sucede hoy en algunas religiones, los sacerdotes romanos podían casarse. En el caso del flamen, su esposa se convertiría en flaminica mediante el rito de casamiento de la confarreatio, es decir, matrimonio indisoluble y sagrado.

La flaminica podía ejercer, junto a su esposo, los rituales en honor a la divinidad a la que sirve el marido, durmiendo separados y teniendo las mismas prohibiciones y costumbres que el propio flamen.

Un flamen, por tanto, fue un cargo que tuvo un privilegio enorme, pues suponemos que debía vivir dignamente y con un sueldo muy aceptable para la época. Tenía costumbres sagradas y prohibiciones, aunque se las podía saltar en caso de necesidad o pérdida de fidelidad a la divinidad: si bien la sacralidad romana estaba clara, la permisividad o la practicidad hacían que, seguramente, ciertos ritos o comportamientos no se cumpliesen.

Marco Almansa Fernández
Miembro de la Asociación Cultural Hispania Romana

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